Nacieron los tres en la época donde jugar golosa, jugar ponchao, saltar lazo, jugar balero y colocar a bailar trompos en la calle o en la palma de las manos era la aventura para todo niño. Los celulares no se mencionaban por aquel tiempo, nadie se imaginaba encerrado en las casas abstraído por la tecnología, la inteligencia artificial, facebook o las aplicaciones modernas de WhatsApp, Tik Tok e Instagram.
Los parches callejeros exigían la presencia de los niños(a), llegar de la escuela, almorzar tajadas de maduro con salchichas, sopa y jugo, hacer las tareas de español sobre el libro del Quijote de la mancha y su amigo Sancho Panza, pintar los mapas de Colombia y Antioquia para la clase de sociales y bordar con cañamazo individuales para la asignatura de vocacionales.
De ahí, saltar a las calles, a los andenes, a las canchas polvorientas e invitar a los compañeros de estudio o a los amigos de al lado o del frente de las casas para departir un rato con el juego de las canicas, los yoyos, las pirinolas y trompos. Ver pasar el rato compartiendo la tarde con un sin número de niños, mientras las risas, la curiosidad y la creatividad hacían parte del paisaje cotidiano de todos los días.
La juntanza prevalecía, los juegos de pico de botella para encontrar acercamientos ingenuos, las comitivas para realizar el compartir de alimentos hechos entre todos en un fogón improvisado de leña, elevar cometas que terminaban enredadas de los cables de energía o que terminaban siendo reventadas por el viento y engarzadas en una rama alta de cualquier árbol.
Se vivía el tiempo libre con los otros en la calle, con el desparpajo y alegría de disfrutar sin remordimientos. Pantalonetas rotas, jeans desgastados de parchar en los andenes y en el suelo de las calles, camisetas sudadas de correr, de brincar, de abrazar, zapatos acabados de caminar y de chutar balones.
Esa fue la infancia de los tres niños rebosantes de vivencias memorables. Dos hermanas y un niño que desde municipios y calles distintas supieron acoger la dicha del momento presente.
Hoy ese recuerdo a calle, a juego, a libertad, ha tocado a tres adultos que conocieron la plenitud del juego de tu a tu sin intermediarios, sin aplicaciones, sin juegos a distancia. La calle era el patrimonio y el segundo hogar de todos esos niños. El asfalto prestó su suelo al cariño y presencia de aquellos seres atraídos, por juegos de madera, cartón o pasta. Juegos reales y palpables.
Clownviviendo La Ciudad obra de teatro itinerante, nació en la memoria y añoranza primero de tres adultos actores, seres sensibles por la presencia del otro y del juego, un proceso de Cocreación en donde cada uno daba ideas y sugerencias para crear una obra de pequeño formato en donde estuvieran un Yoyo, un Trompo y un balero, en donde las personas podrían revivir una experiencia pasada y a su vez, una vivencia significativa.
Sin embargo, uno de ellos tres, lo soñó enorme, en gran formato y quiso que las calles se pintaran de trompos construidos en espuma, alambre y papel maché.
Baleros o pirinolas livianas y aptas para el juego de todo tipo de poblaciones. Yoyos que tuvieran no una sino muchas direcciones y posibilidades de juego, para que más personas pudieran vincularse empáticamente y compartir. El juego como memoria activa y necesidad inherente del ser humano. Una experiencia inspiradora que permite la conexión con los otros tocando fibras y donde a su vez, permite a los adultos evocar la memoria, y en los niños y jóvenes una manera de poder conocer estos juegos tradicionales que por años y épocas permearon e hicieron parte de la cotidianidad de muchas generaciones.
Luego de la pandemia del virus del covid 19 que azotó al mundo entero, y después de meses donde se generó en los seres humanos ansiedad, estrés, depresión y enfermedades crónicas entre otros, el colectivo artístico Mimonerías Clown, encontró en su proceso de investigación entorno a la lúdica y el teatro, una gran posibilidad en el juego para explorar esos vínculos perdidos y esos lazos desarticulados para articularlos precisamente a través del juego, ya que con la apertura de los espacios públicos y las calles abiertas y habitables para la gente, se invitó a conectar de nuevo consigo mismos y con los demás, propiciando espacios para el bienestar físico pero a la vez mental de cada individuo.
El recuerdo fresco volvió a tocar el cuerpo, las mentes y los sentidos en pleno de aquellos niños, ahora unos adultos, abrazando su niño interior y al arte teatral, como un todo que suma y enaltece la vida y el presente de cada quien que se funde con el juego.
Clownviviendo La Ciudad, ahora toma mayor pertinencia, permitiendo un tejido colectivo con el hombre que juega, ese homo ludens del que hablaba Johan Huizinga y que reúne a un ser que lleva ese instinto del juego interno e innato, facilitando a su vez el desarrollo de su personalidad y de sus habilidades.
Seres humanos con un cuerpo relajado, desestresado, libre, con un rostro alegre y las miradas brillosas. Eso mismo que transmiten y rememoran los artistas, pedagogos, facilitadores y mediadores que propician y comparten con amor y profundidad esa experiencia inspiradora llamada Juego.
Adriana María Vásquez Santa.